lunes, 26 de abril de 2010

[*] Cap. 4 [*]

María abrió la boca para contestar, cuando un sonido estrindente las hizo callar. Era un ruido desagradable para sus oídos, por lo que dejaron caer las cestas para tarparse las orejas con las manos.
- ¿Qué es esto? - preguntó María
alzando la voz.
- Es la campana de aviso - respondió una de ellas gritando.
El sonido cesó. Mercedes y Lourdes se miraron asustadas.
- Vamos, María. Síguenos.
Las muchachas cogieron sus vestidos y corrieron hasta el centro del pequeño pueblo donde la gente estaba reunida formando un círculo.
- ¡No! ¡Mi hijo! - se escucharon los lamentos de una mujer.
Algo dentro de María se encendió, haciéndola entender que aquel suceso formaba parte de su cometido en aquel lugar.

- Por favor - pidió en varias ocasiones mientras se introducía entre la gente.
- ¡Oh, hijo mío! - dijo la mujer entre lamentos, abrazada al cuerpo de un joven, que yacía muerto sobre una carretilla.
- Señora - dijo al acercarse a ella - Déjeme verlo sólo un momento - pidió María.
La mujer se negó abrazandose aún más a su hijo. María alcanzó a ver que la ropa del joven estaba manchada con sangre seca.
- Dolores, mi amor - dijo un hombre tomando a la mujer con cariño - Ven conmigo - pidió, alejándola de la carretilla.
Se hizo el silencio cuando María se acercó al joven. Ella, rozó el cuello del joven con los dedos y allí, alcanzó a distinguir dos pequeñas heridas.
- No puedes tocarlo - distinguió la voz de la S. Dottie - No podemos tocar a los muertos - dijo en medio del silencio.

María pidió perdón y retiró la mano con la que tocaba al joven. Acto seguido se alejó de la gente y divisó a los padres del joven, lo cuales estaban hablando con un hombre grueso que vestía mejores ropas que ninguno de los pueblerinos.
- Lo hemos encontrado en el bosque. Sin duda es otro ataque de la misma criatura. Lleva meses atemorizándonos. Si esto sigue así tendremos que irnos y dejar este lugar... - el hombre detuvo sus palabras al ver que María estaba escuchando la conversación.
- Lo siento mucho - se disculpó la S. Dottie - María es nueva y aún no conoce nuestras costumbres. Sigan por favor - dijo la anciana cogiendo a la joven del brazo y conduciéndola hacia la casa.
- María, nosotros no tocamos a los muertos. Hacerlo sin ser parientes es considerado una gran ofensa. No te lo han tenido en cuenta dado que acabas de llegar pero la próxima vez no tendrás excusa posible - la riñó la anciana.
- Lo siento mucho señora - se disculpó la joven, bajando la mirada.
- No hace falta que sigas pidiendo perdón. Me siento acompañada ahora que estás tú. Por eso no me gustaría que tuvieses que marcharte. Tenlo en cuenta.
- Lo sé.
- De acuerdo entonces. Te llevaré a casa para que te cambies. Debes ponerte un vestido negro. Antes de comer enterarán al muchacho.

Los cantos de despedida resonaban con triste melodía. Los llantos de la gente llenaban de lágrimas los rostros. El último adiós quedaba atrapado en sus gargantas.
- Era un buen muchacho - dijeron algunas voces cuando el enterrador colocó la cruz dando paso al fin del entierro.
- Gracias - respondía el padre del joven muerto cuando la gente de la daba el pésame.
- Mi hijo... - sollozaba la mujer agarrándose a su marido.
María miraba la tumba sin apartar sus ojos de la cruz. El nombre del muchacho era el mismo que Mercedes no paraba de nombrar.
- James... - escapó de sus labios.
La pesadilla debía acabar. María lo sabía mejor que nadie. No podía permitir que aquella criatura se cobrase más vidas. Aquella era su misión.

Esa misma tarde se comío en silencio donde antaño reinaban las y risas y las conversaciones animadas. La sombra del mal estaba atemorizando los corazones de esa gente. Aunque un corazón es especial, que pertenecía a una joven, estaba roto.

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