miércoles, 21 de abril de 2010

[*] Cap. 3 [*]

Cuando los primeros rayos de sol se alzaron por el horizonte el ángel se despertó. Sus alas se ocultaron, intentando que la Hija de la Luna pareciese humana. Su túnica cambió para formar una extraña ropa que ella no conocía. Después de esto se puso en pie y salió de la casa, pues había pasado allí toda la noche, durmiendo en un recibidor.

Al salir se quedó sorprendida, los aldeanos ya se habían despertado y el nuevo día comenzaba. Los hombres quitaban la nieve con palas para poder acceder a las casas. Los niños en cambio, jugaban con la nieve y las mujeres preparaban el desayuno en la cocina, pues se las veía atareadas a través de las ventanas.

Una temblorosa mano se posó en el hombro de la muchacha. Ésta respondió con un pequeño brinco cargado de sorpresa.
- Jovencita - dijo con voz anciana - ¿Quién es usted?
- No lo sé - contestó la Hija de la Luna, girando para mirar a la mujer que le hablaba.
- Pase - le ofreció la anciana indicando la puerta abierta por la que antes la joven había salido - Dentro podemos hablar mejor.
La joven hizo lo que se le ofrecía con actitud confusa. No le comentaron nada sobre la simpatía de los seres humanos. Le contaron muchas historias a cerca de ellos y siempre deseó poder conocerlos en persona.
La anciana ya había pasado a otra habitación cuando ella llegó al recibidor.

- Mira lo que encontré en un viejo armario - dijo la anciana tras unos instantes de silencio - Era de mis días de juventud - traía consigo un bonito vestido azul que hacía juego con los ojos de la joven.
- Es precioso - exclamó el ángel, que aunque no conocía los ropajes de los humanos quedó fascinada por aquel vestido - ¿Podría probármelo? - le preguntó con ojos soñadores.
- Por supuesto - el rostro de la mujer se estiró levemente a la altura de la boca, formando una sonrisa.

El vestido le quedaba perfecto, como si estuviera hecho a su medida; aunque cuando se vió así vestida dudó. No sabía si estaba haciendo lo correcto. Dudaba sobre si debía estar tan cerca de la humana.
- Querida joven, usted no es de aquí verdad? - preguntó la anciana.
- No señora - se sintió un poco avergonzada al no poder mentirle.
- Bueno, ahora viene mucha gente de otros lugares a causa de los acontecimientos que han tenido lugar aquí, ultimamente - dijo la anciana mientras su rostro adquiría un toque sombrío.
"Nadie como yo" - pensó la joven.
- Por ser de otro lugar no te sientas diferentes. Además, yo estoy sola, si no tienes dónde ir, puedes quedarte conmigo todo el tiempo que quieras.
- Muchas gracias, ¿cómo puedo llamarla? - le preguntó.
- Puedes llamarme como quieras, pero todos me llaman S. Dottie.
- Entonces, yo también la llamaré así - acordó.
- ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
- No conozco mi nombre - se notó la tristeza en su voz con claridad.
- Entonces te llamaré como mi hija, María.
- Gracias - dijo con alegría, y la anciana no sabía cuanta alegría le dió al ángel al darle un nombre.

La joven llamada María se sentía muy agusto en nuestro mundo, que resulto ser totalmente diferente a como le habían dicho en el suyo. Todo era especial a su manera y ella empezaba a sentir emociones que la asustaban, pues en su mundo debía esconder todo lo que sentía tras un rígido muro y aquí podía expresarlos.

Ella quedó nuevamente fascinada por la armonía de aquel lugar y la comida que acaba de probar. Los pueblerinos dejaban las puertas de sus casas abiertas. Nadie desconfiaba de nadie. Por eso vivían compartiéndolo todo y no se odiaban. Caminó un poco más por la pradera cubierta con una suave capa de nieve, buscando a las mujeres que la anciana pidió que buscara, cuando se dió cuenta de que sentía algo extraño. Escalofríos atravesaban su espalda, mientras notaba como los dedos de sus pies se entumecían.
- ¡María! - oyó como la llamaba la anciana.
Giró sobre sí misma y vió como la mujer caminaba con dificultad hacia ella. Menos mal que no se hubo alejado demasiado de la casa. Además la anciana traía algo con ella, lo que la hacía ir más lenta.

- Ten - dijo con voz ahogada cuando llegó hasta la joven.
- Gracias S. Dottie - respondió agradecida al ponerse los zapatos y el chal de lana que la anciana le trajo.
- Ahora ve. Deben de estar por la orilla del río. La colada siempre la hacen los martes.
María sintió ganas de preguntarle qué era martes pero se contuvo al ver como otra mujer saluda a la S. Dottie.

Caminó con tranquilidad por la colina. Sonreía viendo a los niños jugar. Una vez llegó al río, oyó las risas cantarinas de mujeres.
- Buenos días señoras - saludó al llegar hasta ellas.
- ¡Hola! - saludaron ellas a dúo - Pero somos señoritas - rieron todas a la vez.
María arrugó la nariz al verse contradecida. Ahora que lo pensaba, sus rostros aparentaban juventud, incluso la misma edad que ella misma aparentaba.
- Lo siento - dijo.
- No pasa nada - dijo una muchacha morena que tenía el cabello trenzado.
- Las jóvenes somos las que nos ocupamos de lavar, recolectar frutos... Mientras que nuestras madres, las señoras, cocinan y limpian las casas - explicó una joven con pecas en la cara.
- Me llamo María y estoy aquí con la S. Dottie.
- Yo me llamo Mercedes - dijo la joven del cabellos trenzado.
- Y yo Lourdes - se presentó la muchacha de las pecas.
Más de media docena de jóvenes se presentaron pero María sólo se quedó con los nombres de las dos primeras.

La mañana pasó rápida y el sol pronto derritió la nieve y las chimeneas empezaron a respirar humo. Además pronto se escuchó algo de jaleo por que se acercaba la hora de comer.
- ¡María! - llamó Mercedes - Ten. Ayúdame con esta cesta.
- Muy bien - respondió María cargando con la cesta en la mano.
Juntas caminaron conversando de lo chicos, pues según ellas, pronto estaban las fechas para las bodas. La primera nevada significaba que flores pronto florecerían y con ellas el amor.
- Yo prefiero ser la esposa del joven James - dijo en modo de confesión Mercedes, cuando se quedaron Lourdes, María y ella solas.
- ¡Ese no es mi tipo! - exclamó Lourdes - Yo prefiero casarme con Austin - rió Lourdes.
- ¿Y tú María? - preguntó Merces.

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